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Este artículo pretende
explorar a través de las bibliografías más recientes editadas en español
las representaciones del lesbianismo en novela. Y, a través de este proceso
de indagación, (de)mostrar la existencia de una literatura que se podría
llamar "literatura lesbiana". En esta búsqueda, me he encontrado con dos
grandes ausencias y un "olvido" (¿pactado?). Con las ausencias, me refiero,
en primer lugar, a las pocas traducciones realizadas al español, especialmente
si consideramos la amplia y diversa creación, tanto en ficción como en
ensayo, producida por la cultura anglosajona en estas tres últimas décadas.
La segunda, todavía más preocupante, es la casi total inexistencia de
una "literatura lesbiana" escrita por autoras españolas o latinoamericanas
en su propia lengua. Por último, me sorprende, aunque no debido a la ingenuidad,
el que, salvo contadísimas excepciones, nadie oficialmente haya nombrado
como literatura o textos lesbianos una serie de obras que llevan ya unos
cuantos años en las estanterías de nuestras bibliotecas y librerías.
Articular mi propósito pues, supone hablar no sólo de la existencia de
una "literatura lesbiana" desde la cual vertebrar líneas de existencia
para las lesbianas en las culturas occidentales, sino también, es hacer
hablar a un silencio (a un "olvido") que se ha construido conscientemente
a través del tiempo. Entonces, debería ser imprescindible preguntar por
las razones que han impedido o están impidiendo, el desarrollo de esta
literatura en un momento histórico determinado.
Hay una lesbiana en esta biblioteca?
En 1929, Virginia Woolf escribe Orlando, (Editorial Lumen), una fantástica
biografía de Vita Sackville-West, la mujer que ella amaba. En Orlando,
Woolf ilustra, sin la menor duda, aspectos de una historia de narración
lesbiana, es decir, revela los principios culturales dominantes de su
época sobre la representación de las relaciones entre mujeres. Orlando,
la protagonista, es una escritora de clase media-alta y nada convencional,
aun así, sucumbe al espíritu victoriano y se casa. A pesar de esta aparente
claudicación, su pluma no dejará de hilar párrafos "inapropiados" para
lo acostumbrado según sus contemporáneos. Irónicamente, el matrimonio
le proporciona la libertad necesaria para distanciarse de la tiranía literaria
heredada del siglo XIX, y así poder contarnos su historia, una historia
lesbiana.
Pero esta Orlando, aun viviendo en la comodidad que le proporciona su
estatus social y su vínculo matrimonial, no está exenta de ser señalada
y reinformada por una sociedad conformista y puritana, que se le echa
encima a través de los imperativos (hetero)sexuales. La historia de este
personaje, en sí mismo, muestra como se vertebran las políticas de interpretación
de una época donde las mujeres y las lesbianas, y en concreto las escritoras
lesbianas, pueden ser neutralizadas; es decir, ni vistas, ni escuchadas,
ni leidas como tales. Woolf, no sólo dedicó este libro a Sackville-West,
sino que también incorporó fotografías y poemas de su amante. Entremezcla
hechos de sus vivencias personales con una creación narrativa, aspectos
éstos que en ningún momento deberían plantear ni la más mínima duda sobre
la autoría de una escritora lesbiana que crea un texto lesbiano. Sin embargo,
Orlando no fue "oficialmente" leída como una novela lesbiana hasta cincuenta
años después de su publicación, cuando en 1988, esta obra es el tema principal
de debate en el primer foro de crítica literaria lesbiana en los Estados
Unidos. Este tipo de "olvidos" han sido más o menos habituales y han funcionado
como una herramienta efectiva de control social.
El rechazo social a representar literariamente, es decir interpretar y
reinterpretar la posibilidad del lesbianismo, permite a una sociedad determinada
mantener sus condiciones bajo las cuales el lesbianismo es sobreentendido.
Se crean así, los términos por los cuales un texto - y por extensión un
gesto, una relación, una persona - es definido como lesbiano. Pero, ¿qué
es un texto lesbiano?, ¿Cómo podemos identificar una "literatura lesbiana?",
¿Qué leemos cómo lesbiano y por qué?, ¿Tiene esta literatura que ser acerca
del deseo sexual entre dos mujeres, exclusivamente, para ser considerada
lesbiana?. Estas cuestiones, producidas por circunstancias históricas
y formas ideológicas, pueden solamente ser respondidas en términos ideológicos
e históricos.
Hay textos escritos, editados y leídos como representaciones del lesbianismo
por escritoras, escritores, lectoras y lectores gays, lesbianas, heterosexuales,
etc., este es un campo donde todo el mundo parece coincidir en la definición.
Un campo de representación que ha sido definido no hace mucho tiempo en
la cultura Anglo-Americana como sinónimo de "novela lesbiana" y, generalmente,
representa una historia de ligue protagonizada por una pareja femenina.
El punto de análisis, según esta definición, para identificar si una novela
es lesbiana o no, sería cuantificar si los personajes femeninos principales
hacen el amor o no. Se obvian otras reflexiones que inciden en la experiencia
lesbiana como muestra de una identidad en continua mutación. La respuesta
que se vertebra a través de las novelas llamadas postmodernas, y especialmente
la respuesta que da Héléne Cixous, es que la experiencia lesbiana no se
articula sólo y a través de las relaciones específicamente sexuales, sino
que se articula a través del concepto de "feminidad", en el establecimiento,
siempre complejo, de las relaciones afectivas. Y cuando se busca a una
"lesbiana" en un texto de ficción es tan importante la lectora como la
escritora, ya que las relaciones eróticas entre mujeres se establecen
entre escritoras y lectoras, entre mujeres que escriben sobre mujeres
y lectoras que leen (se leen) a estas mujeres.
Por una combinación de razones materiales, culturales y formales la novela
es el género en el cual la representación del lesbianismo ha sido más
reconocido. Aunque, por supuesto, hay otros campos de representación que
pueden ir desde el teatro (La noche de las tribades o Las amargas lágrimas
de Petra Von Kant), puestas en escena en teatros españoles, a la novela
vanguardista de ciencia-ficción; El hombre hembra de Joanna Russ (1987,
Ultramar), describe un mundo imaginario capaz de hacer real el mejor de
los sueños lesbianos, en donde los personajes rechazan la búsqueda por
parte del lector/a de la inocente totalidad, desbarata los dualismos de
género y garantiza al mismo tiempo el deseo de hazañas heroicas, el erotismo
cálido y la política seria. No es de extrañar pues que, para muchas, las
novelas de ficción científica feministas y lesbianas, sean actualmente
la vanguardia de la teoría feminista. También en un género predominantemente
"masculino", como lo es el de la novela negra, encontramos autoras lesbianas
de la altura de Mary Wings. En su libro, Demasiado tarde - colección Damas
del crimen (1993, Alfaguara) - , una de las mejores novelas de intriga
lesbiana, las complicidades que desarrollan unos personajes con otros
o los móviles de un asesinato se componen bajos lógicas bien diferentes
a las habituales en este tipo de narrativa.
Desde la poesía de Safo, Poemas y Fragmentos (1993, Hiperión), a los ensayos
críticos, que se introducen paulatinamente con el desarrollo de la teoría
feminista. La editorial catalana ICARIA cuenta con títulos de interés
para aquellas que deseen introducirse en una reflexión crítica de la diferencia
sexual. Merece la pena destacar dos títulos donde el lesbianismo asume,
en buena medida, el protagonismo argumentativo, me refiero por una parte
a Nombrar el mundo en femenino: pensamiento de las mujeres y teoría feminista,
de la historiadora María Milagros Rivera Garretas, y por otra, a una de
las últimas reflexiones que a través del psicoanálisis realiza la francesa
Luce Irigaray, Amo a ti: bosquejo de una felicidad en la historia.
Pero en lo que a ensayo se refiere, hay que felicitar especialmente a
la Colección Feminismos (Editorial Cátedra) por reeditar títulos ya clásicos
como Política sexual de Kate Millet o Nacemos de mujer: la maternidad
como experiencia e institución de Adrienne Rich. Por ofrecernos bocanadas
de aire fresco con aportaciones más novedosas, que van desde la reflexión
que se hace desde el feminismo-lesbiano a través de la obra de Sheila
Jeffreys, La Herejía lesbiana: una perspectiva feminista de la revolución
sexual lesbiana, a los debates más polémicos, originales y sobretodo necesarios
para mentes fronterizas, cuerpos fragmentados y espíritus nómadas, que
propone por una parte, Donna Haraway con su cyborgiana analítica de la
postmodernidad en Ciencia, Cyborgs y Mujeres: la reinvención de la naturaleza,
por otro el feminismo de la diferencia representado en la obra de Luce
Irigaray, Yo, Tú, Nosotras, y en último lugar, una mención específica
merece una de las más reconocidas teóricas "queer", Teresa de Lauretis,
con una de sus libros, que aunque es el menos explícitamente "queer",
es imprescindible para aquellas que deseen adentrarse en el mundo de la
representación de las mujeres y lesbianas en el cine, nos referimos a
Alicia ya no. Estas tres últimas autoras no sólo han contribuido de manera
distinguida a renovar el pensamiento feminista, sino que han influido
enormemente en la práctica política, así como en la comprensión y representación
de nuevas, y cada vez más diversas identidades lesbianas.
En definitiva, y volviendo al hilo de la cuestión, a todo lo que yo llamaría
"literatura lesbiana", y atendiendo a los criterios que expone Julie Abraham,
englobaría una amplia producción de textos que tendrían en común el hecho
de compartir las circunstancias históricas concretas que viven las escritoras
que las producen, tal y como lo comenzó a representar Virginia Woolf en
Orlando. Pero dicho esto, no podemos pensar que los "escritos lesbianos"
tienen un tema y una forma fija sobre los cuales se organizan. Tampoco
estaría mal recordar que hay "novelas lesbianas" escritas por escritoras
lesbianas, pero hay novelas escritas por lesbianas que no han sido "novelas
lesbianas", y también hay muchas "novelas lesbianas" que no han sido escritas
por lesbianas.
A pesar de los últimos esfuerzos desarrollados, ni las lesbianas-feministas,
ni las teóricas "queer", han conseguido resolver el problema de la definición
de al menos dos términos cruciales para este artículo; lesbiana y escritora
lesbiana. El deseo entre mujeres no ha sido siempre suficiente para identificar
el lesbianismo, cuando, por ejemplo, se entiende este deseo como una distorsión
o plagio de la heterosexualidad. En cualquier caso, no es la meta de este
artículo establecer categorías de identidad, cuando además ya han sido
ampliamente cuestionadas al ser construidas como instrumentos de regímenes
reguladores. Tampoco, es mi intención aquí fijar definiciones, en el sentido
de correctas y estables. Pero sí es uno de mis objetivos principales plantear
preguntas y elaborar, en mayor o menor medida, interpretaciones. Inquietudes,
ambas, motivadas por los argumentos que plantean en esta dirección algunas
teóricas "queer", como Judith Butler y la ya nombrada Teresa de Lauretis,
en dos de sus principales obras no traducidas al castellano, me refiero
a, Bodies That Matter: on the discursive limits of "sex" (1993, Routledge),
y a The Practice of Love: lesbian sexuality and perverse desire (1994,
Indiana University Press), respectivamente.
En concreto, Teresa de Lauretis afirma que "las homosexualidades femenina
y masculina.... pueden ser reconceptualizadas como formas culturales y
sociales en su propio derecho...". Esta misma autora, siguiendo a Sue-Ellen
Cese observa que "tomando a dos mujeres, no a una, se hace una lesbiana",
a su vez Julie Abraham, citada anteriormente, siguiendo esta reflexión,
y considerando las relaciones entre lesbianas y literatura lesbiana pre-stonewall
dice, "toma una mujer y una novela... Como lectora una mujer podría interpretarse
a sí misma como lesbiana, y encontrar su interpretación del lesbianismo
a través de una novela". Lo que nos dicen estas teóricas a primera vista,
es que hemos buscado la práctica del amor entre mujeres en muy pocos lugares,
en muy pocos libros y con los ojos no demasiado abiertos. Nos están indicando
que dada una relación altamente problemática entre lesbianismo y narrativa
(lesbianismo y representación), el lesbianismo de una escritora lesbiana
podría ser constituido, en parte a través y en el proceso de escribir
(y el de una lectora en parte en el proceso de leer).
Demostrar los modos en los cuáles las novelas lesbianas son constituidas
fuera del marco y el análisis de la representación dominante heterosexual;
considerar las limitaciones ideológicas que produce esta situación, así
como observar los modos de resistencia empleados por las escritoras lesbianas
(para poder ser escritoras lesbianas y tejer textos lesbianos) son tres
elementos básicos para poder responder a la pregunta: ¿hay una lesbiana
en esta biblioteca?. Dado que muchas de las mujeres que cito viven en
periodos en los cuales muy pocas se identifican como lesbianas, y para
evitar posibles confusiones a l@ s posibles lectores, considero "problemáticamente"
las obras citadas en este artículo inscritas en un género que se puede
llamar "novela lesbiana", o de manera más amplia "textos lesbianos".
París fue Lesbiana
Aunque hubo una temprana representación del lesbianismo (siempre en poesía),
y ejemplos tempranos de la novela lesbiana (casi siempre en francés),
las obras denominadas modernas, llegan a ser posibles, reconocibles y
disponibles en Inglaterra, EE.UU, y especialmente en Francia al comienzo
de siglo XX. Será París, concretamente, quien ofrezca a mujeres que vienen
de Sarvoy, Burgundy, Londres, Berlín, Nueva York, Indiana o California,
un mundo único para la práctica de la libertad y la creación artística.
Una práctica artística con luz propia, y sin duda existente, pero subterránea
y afectada de forma especial por la invisibilidad y el silencio. El París
de los años 20 y 30, lleno de clichés y mitos enraizados en la imaginación
popular, y que tradicionalmente ha enfatizado la cultura del macho y del
genio artista que vive a través del consumo libertino del alcohol y otras
drogas, y, de la explotación sexual de las mujeres. Frente a ellos, la
experiencia de libertad que tienen las creadoras que se instalan en la
Orilla Izquierda del Sena será bien distinta, tal como se puede deducir
de sus biografías y escritos.
De esta primera época, post-Wilde y pre-Stonewall, destacamos las siguientes
autoras, que formaban parte del Grupo Bloomsbury: Vita Sackville-West
aristócrata inglesa de vida apasionada y confesa lesbiana, escribe en
1931 Toda pasión apagada (1990, Alfaguara), y no casualmente se aprecia
en esta obra la influencia de la Woolf. Violet Trefusis mantuvo una (in)tensa
relación amorosa e intelectual durante toda su vida con Sackville-West,
documentada en Cartas de amor a vita (1990, Ediciones Grijalbo). Y, Virginia
Woolf que, como hemos dicho, escribe una de sus novelas más célebres,
Orlando, como homenaje a Vita que se vestía de hombre para pasear con
su amante Violet Trefussis .
Al otro lado del Canal de la Mancha, en París, Colette, escribe cientos
de relatos cortos, novelas y ensayos, muchos de ellos disponibles hoy
en España, títulos como "Claudine en París", "Claudine se va" o "Duo"
se encuentran editados por Anagrama. Sin embargo, no está traducido Le
Pure et le Impure, en el cual Colette inmortaliza la sociedad lesbiana
del París de los años 20. Radclyffe Hall (‘John’) escritora inglesa, famosa
por ser la autora de la novela lesbiana más controvertida de la época,
The well of loneliness (1928), traducida al castellano con el título El
pozo de la soledad (Editorial Ultramar). Adrienne Monnier, editora y escritora
francesa que promovió las vanguardias literarias de los años 20 desde
su librería, La maison des amis des livres. Gertrude Stein, de origen
norteamericano, acompañada durante toda su vida por su musa, secretaria
y mecenas Alice B. Toklas, es una de las escritoras más prolíficas, escribe
numerosos libros especialmente entre los años 1908 y 1946. En la editorial
"Horas y Horas" promovida por la Librería de Mujeres de Madrid, y en su,
relativamente reciente, colección de literatura lesbiana "La Llave la
tengo Yo" se encuentra desde 1993 su primera obra de carácter autobiográfico
y la más explícitamente lesbiana, que Stein se negó a publicar hasta después
de su muerte, Q.E.D. "Quod Erat Demonstrandun" (Las cosas como son).
Una de las más grandes, incluso reconocida dentro de los cuestionables
parámetros literarios impuestos por el Canon, es Djuna Barnes. Barnes
escribe en 1936 no sólo una novela, sino una novela muy buena, El bosque
de la noche (1987 y 1988, Editorial Seix Barral). Una de las novelas lesbianas
formalmente más compleja, de contenido arriesgado y meticulosamente reflexionado
y documentado. Barnes no solamente nos hace recordar en esta obra su loca
pasión por Thelma, sino, y sobretodo, desafía y critica la teoría freudiana
y sus principios sobre el complejo de castración y la envidia del pene,
casi al unísono que esta teoría salía a la luz. Con esta novela se inicia
la deconstrucción de los principios freudianos, principios que han contribuido
de manera singular a patologizar el cuerpo femenino como histérico y depresivo,
o a definirlo como un objeto pasivo de deseo para satisfacer la libido
de un sujeto activo masculino. En El bosque de la noche los personajes
circulan en los márgenes, no se cae en esencialismos, ni tampoco encontramos
un modelo de lo bueno y de lo correcto a seguir, hay conexiones múltiples,
azarosas, como en la vida real. Barnes sabe que su imaginación creativa
no es "como dios manda" y desde el principio al fin, en la noche y en
su bosque, nos hace sentir curiosamente incómodos.
También en esta época escriben y conviven en el París lesbiano y vanguardista
de entreguerras, como casi todas las nombradas anteriormente, la escritora
inglesa Dolly Wilde, la periodista del The New Yorker, Janet Flanner,
la editora, novelista y poeta Solita Solano, la poeta inglesa de "expresión
francesa" Renée Vivien , sobre la que María-Mercé Marçal basa su primera
novela La pasión según Renée Vivien (1995, Seix Barral) . La escritora
inglesa, Nancy Cunard, fundadora de la vaguardista Hours Press, Mina Loy
poeta modernista inglesa que publica sus trabajos en revistas literarias
, Jane Heap Co-editora, con Margaret Anderson, de The Little Review y
agente literaria de Gertrude Stein, y por último cabe destacar la presencia
de la poeta y novelista H.D (Hilda Doolittle) implusora del "Imagism"
. Mujeres con energía creativa y talento, mujeres, éstas y otras, con
una pasión por el arte y la literatura, mujeres sin obligaciones con sus
maridos o hijos, simplemente porque no los tenían.
Mujeres que amaban tanto París como la libertad que ellas le ofrecían
a esta ciudad. Mujeres bajo la sombra que les produjo durante décadas
el brillo de las historias, un tanto engrandecidas y no exentas de sexismo,
de sus contemporáneos artistas varones. Desafortunadamente, ninguna ciudad
después de los años 30 tuvo la suerte de París , sin embargo, y a pesar
de las huellas brutales que dejó el nazismo sobre los cuerpos y las consciencias
disidentes, de las cuales las lesbianas formaban parte, tal como lo relata
Erica Fischer en su libro Aimée y Jaguar: Una historia de amor, Berlín
1943 (1994, Seix-Barral), las escritoras lesbianas y la literatura lesbiana
continúan su andadura en el aire de nuevos tiempos pero también en la
trama de la vida.
La norteamericana Mary Renault, Un muchacho persa (1992, Grijalbo) y Alexias
de Atenas, (1995, Edhasa), continúa publicando hasta los años 70, aunque
había comenzado a publicar en 1939. Se preocupa, al igual que la Woolf
o Stein, por la posición narrativa siempre problemática para una escritora
lesbiana, pero sobretodo le preocupa la representación de las relaciones
como romance, de esta forma utilizará la "historia" (la Grecia antigua,
Persia, etc.) como base para escribir novelas sobre relaciones homosexuales.
Se acerca al cortejo del romance y se convirtió en una de las escritoras
lesbianas más conservadora , aunque sus dificultades con las asunciones
que la historia oficial le brindaba sobre el género, le produjeran fuertes
quebraderos de cabeza.
Jane Bowles, escribe con 24 años y publica en 1946, Dos damas muy serias,
(1981 Anagrama), el nomadismo que caracterizó su vida se refleja en esta
novela. Relata el itinerario de dos mujeres en busca de su identidad,
este itinerario le permite a Jane tejer con sus personajes principales
una identidad lesbiana. Margarite Yourcenar recrea en toda su obra, desde
el exilio interior que le ofrecía su vida como lesbiana, la cual se convirtió
en una de sus fuentes principales de inspiración para la búsqueda de la
propia sensualidad y de la libertad para expresar los propios afectos
y la propia sexualidad . Está búsqueda la cuenta, casi siempre a través
de personajes "masculinos", en una larga carta, Alexis o el tratado del
inútil combate (1992, Alfaguara-Bolsillo), y en Cuentos orientales (1994,
Alfaguara) pero también cuando se detiene en la vida de ese hombre solo
en Memorias de Adriano (1983, Edhasa). En 1940, Carson McCullers conoce
en Nueva York a una joven suiza, de este encuentro dice, "apenas ver aquel
rostro, supe que me obsesionaría hasta el final de mis días". En esta
época Carson se divorcia de su marido y comienza su gran pasión por escribir,
su delirio literario. El 14 de febrero de 1941 aparece Reflejos en un
ojo dorado (1981, Bruguera y Seix Barral), un libro dedicado a su amante
Annemarie y que fue tachado de indecente al desbordar, página tras página,
de lirismo homosexual.
Diez años más tarde, en 1952, Claire Morgan, una escritora que nadie conocía,
publica una novela bajo el título, El precio de la sal, pero realmente
detrás de esta novela de amor e intriga entre mujeres, y además con final
feliz, se escondía una famosa escritora policiaca neoyorquina, Patricia
Highsmith. Hoy, esta novela está publicada con el título de Carol (1997
Anagrama).
A partir de ahora lo leerás diferente
La Revuelta de Stonewall (Nueva York, 1969), es ya un hito histórico para
el conjunto del movimiento de lesbianas y gays en Occidente. Muchas cosas
cambiarán desde este momento, también la producción literaria de lesbianas
y gays. En este sentido, se habla de una literatura Pre y Post-Stonewall.
Sin duda alguna, aunque no será el caso de España que todavía vive bajo
los efectos de la Dictadura Franquista, las posibilidades culturales y
materiales de lesbianas y gays, cambiarán profundamente y se verán favorecidas
a finales de los años 60. Los movimientos de liberación de mujeres y de
homosexuales, no sólo crearon nuevos vínculos sociales, sino que ofrecieron
a un público literario, cada vez más comprometido, nuevas composiciones
que problematizaban la sociedad dominante. Se criticaba la hostilidad,
la autoridad e incluso el poder que esta sociedad ostentaba. La mordaza
que estaba sellando los labios de las mujeres lesbianas salta en pedazos
y el acto de nombrar y crear, aunque siempre problemático, no sólo se
hace público sino que también, y con todas sus contrapartidas, se identifica.
En los años que nos separan del inicio de esta revuelta, (¡y que no concluya,
por favor!), mucho es lo que se ha visto transformado. Ha sucedido lo
que tenía que suceder para que con cada vez más frecuencia, se hable de
escritoras lesbianas, de editoriales y librerías de lesbianas y gays,
de teoría queer, de mercado rosa, de cine camp, de "bollozines" y "fanzines"
o de estudios culturales sobre lesbianas, gays o transexuales en muchas
universidades. Evidentemente, ni es oro todo lo que reluce, ni tampoco
alumbra igual en cualquier dirección.
En nuestro país, lo mismo que nos han contado otras tantas veces para
otras tantas cosas, llevamos un cierto retraso con respecto a otros países
de nuestro entorno, y no precisamente en el reconocimiento de derechos,
que aunque todavía son insuficientes no nos diferencian significativamente
de nuestros vecinos, sino más bien en procesos de cambio social que permitan
expresiones diversas y modos de vida diferenciados. Si la lesbofobia es
una práctica cotidiana a la vez que la relaciones afectivas entre personas
del mismo sexo sigue constituyendo el tabú de los tabúes, no es de extrañar
que haya una producción mínima de literatura lesbiana escrita por lesbianas
españolas. Dadas estas circunstancias también es explicable que todavía
se hable con cierta timidez, o bien se mantenga en silencio textos lesbianos
publicados en castellano. Aun así, y afortunadamente, ya nada es como
era.
La literatura erótica, género considerado inmoral, pero que a menudo alimenta
en secreto (y el secretismo) las fantasías reprimidas de esos mismos censores
inmorales, tiene en la colección "La sonrisa vertical" (Tusquets), su
aliada más dulce o perversa. Varios son los títulos que indagan en las
relaciones eróticas y en los goces carnales que envuelven las relaciones
lesbianas. Títulos conocidos como Historia de O de la francesa Pauline
Réage, dan paso a fetiches sofisticados y a juegos sadomasoquistas donde
Jean de Berg (pseudónimo bajo el cual se esconde una escritora) parece
sentirse en su salsa; La imagen y Ceremonia de mujeres son dos de sus
"historias de amor" entre mujeres. En 1995, Irene González Frei, autora
que firma con seudónimo, gana el Premio La sonrisa vertical con Tu nombre
escrito en el agua, apenas nada se sabe de ella, que ha preferido mantenerse
en el armario del anonimato literario, inexplicable decisión, cuando la
"etiqueta lesbiana" parece no sólo ser garantía de ventas, sino que además
ha llegado a las puertas de las más altas instituciones del estado y se
codea con progresistas y conservadores en un momento donde la tolerancia
se ha convertido en un atributo de moda. En cuanta a esta novela recae
en ella el mérito de ser una de las primeras escritas en lengua castellana
explícitamente "lesbiana". Sin embargo, lo importante terminan siendo
las decepciones: la crudeza sexual ,el martirio al que someta a las protagonistas,
un final, continuamente anunciado, trágico y humillante, y el regalo penitente
del epílogo, termina robando, incluso a las fantasías más masoquistas,
el placer de pasar un rato entre sus páginas. Si la Hihtsmith celebraba
con Carol, los aplausos de un buen final y además feliz, y de esto ya
hace más de 50 años, el viaje hacia Roma al que nos conduce Gonzalez Frei
termina convirtiéndose en la casa de los horrores para un imaginario lesbiano
harto ya de tristezas, victimas, lamentaciones y prohibiciones.
Elegante en su prosa y llena de matices hilados al ritmo de un aparentemente
tranquilo Mediterraneo, se nos descubre la obra de Esther Tusquet, El
mismo mar de todos los veranos (1981, Lumen y 1990, Anagrama). Esther
Tusquets, que nunca ha definido su literatura públicamente como lesbiana,
es reconocida como una de las principales representantes de una literatura
lésbica. Las relaciones de complicidad entre mujeres forman la base de
la trama narrativa de su obra, en la novela citada nos cuenta una historia
de deseo y afinidad entre mujeres maduras que viven entre la hipocresía
y mediocridad de la burguesía catalana. Esta afinidad también impregna
la novela de Carmen Martín Gaite Nubosidad variable (1992, Anagrama).
Dispersas en varias editoriales se encuentran una serie de novelas que
construyen una genealogía literaria lesbiana alternativa. La deconstrucción
del término lesbiana en la llamada "literatura lesbiana postmoderna",
la representación "queer" de identidades transgénero y la resistencia
política de nuevos cuerpos "homosexuales" que transforman contextos de
opresión específicos, son los temas principales que definen a esta nueva
generación literaria.
La Pasión (1987, Edhasa) y Escrito en el cuerpo (1992, Anagrama), son
dos de las obras más relevantes de la famosa escritora inglesa Jeanette
Winterson. La posición narrativa más inmediata que adopta Winterson es
jugar, juega a los naipes en la ciudad de los disfraces. Juega con el
género de sus personajes retando continuamente una identidad lesbiana
representada tradicionalmente como fija y monolítica. Escrito en el Cuerpo
contiene una particular representación de lo que es una lesbiana, frente
a un sujeto unificado nos presenta la fragmentación del cuerpo y del deseo
en un conjunto de experiencias discontinuas. Las historias que construye,
con claras influencias de Djuna Barnes, son historias ambiguas donde se
rompe al sujeto a la vez que la figura que lo encarna, creando así efectos
de una realidad virtual donde el cuerpo no está presente. El deseo se
proyecta "electrónicamente" a través de conexiones, si el deseo tiene
una parte de materialidad en otras novelas, aquí esta materialidad se
pierde. El cuerpo no es una definición médica y el deseo es riesgo, es
el miedo incorporado en una relación, es el miedo a incorporar un cuerpo
femenino en otro, es el miedo a apostar el corazón todavía más lejos por
esa necesidad constante de Sentir. Pero este miedo no se construye como
negativo y opresivo, desear en la pérdida no es lo mismo que desear la
pérdida.
La novelas postmodernas inscriben el deseo en narrativas postmodernas,
el deseo conecta con la idea de intensidad, de textura, de expresión,
de cambio. Frente a las novelas modernistas donde el deseo conecta con
el pasado, la memoria, la familia, en Winterson es un continuo movimiento
hacia el objeto deseado. Establece resistencias a que el deseo se establezca
en una relación confortable y "normal", la pasión y el deseo entre mujeres
en estas dos novelas se ubican en un espacio-tiempo de crecimiento: "en
algún lugar entre el sexo y el miedo está la pasión".
En 1958, un año antes que Janette Winterson, nace en Nueva York, Sara
Shulman. Escritora contestataria , profesora de literatura en la Universidad
de Columbia y activista en dos de los más importantes grupos de acción
política que han surgido en EE.UU a finales de la década pasada, ACT UP
y Lesbian Avengers. Shulman tiene dos novelas traducidas al castellano
Gente en apuros (1993, Alfaguara) y Empatía (1995, Alfaguara). Las lesbianas
y gays que habitan la primera novela, nos hablan desde el Lower East Side
neoyorquino de los años ochenta, cuando el "sueño americano" se convierte
en miseria, degradación y muerte después de años de lujo televisado y
de promesas triunfantes de un sistema opulento y victorioso tras la caída
del muro de Berlín. Pero lejos de la resignación y la autolamentación,
los personajes de esta novela se organizan para resistir y salir a las
calles de un Manhhatan que desprende el hedor de la homofobia y el dolor
entre sus rascacielos, para denunciar una aniquilación que consideran
programada, el SIDA. Esta Gente en apuros se descubre a sí misma y frente
a las demás, desnudando sus sentimientos, incluso en tiempos de rabia
la ternura es posible y el amor entre locazas, maricones y bolleras se
convierte en la mejor vacuna contra una sociedad que les intenta aplastar
hasta la muerte.
En Empatía, aunque permanece el mismo fondo social de la novela anterior,
los Estados Unidos inmediatamente posteriores a la era de Reagan y Bush,
Shulman se enfrenta al psicoanálisis de Freud con ironía y humor. Ridiculiza
la visión que Freud tiene sobre el lesbianismo; "una lesbiana sólo puede
existir en relación con el hombre, o porque quiere ser un hombre o porque
le odia profundamente", y le da la oportunidad a Anna O. y Dora, dos de
sus pacientes históricas, de alzar su voz contra él y resolver con elegancia
y sencillez lo que para Freud era una enfermedad psíquica. Doc el psiquiatra
de la novela, aprende a través de Ana (representa a Anna O.), la protagonista,
lesbiana judía que se enamora de Dora (la otra paciente de Freud y que
da nombre a su estudio sobre la histeria femenina).
Tanto la narrativa de Winterson como la de Shulman, exigen a las lectoras/es
no sólo que no se mientan a sí mismas/os, sino también que sean capaces
de enfrentarse a la complejidad de una existencia lesbiana que se opone
a ser normalizada, al unísono que plantea una existencia específica. En
los huecos fronterizos que hay entre un idioma y otro, entre un país y
otro, entre lo blanco y lo negro, lo que está arriba y lo que está abajo,
se encuentra la literatura lesbiana latina-chicana. Apenas conocida y
de creciente difusión en EE.UU y México. Moverse más allá de las barreras
que reinforman las naciones, de las reglas gramaticales que registra un
idioma (muchas escriben en espanglish) y articular su existencia a través
de las diferencias de clase, raza y deseo sexual son aspectos presentes
en un conjunto de escritoras tan unidas como diversas: Gloria Anzaldúa
, Boderlands/La Frontera (1987, San Francisco, Spinsters/ Aunt Lute) y
Making face, Making soul/ Haciendo cara: creative and critical perspectives
by women of color (1990, San Francisco , Aunt Lute Books), Cherríe Moraga,
Loving in the war years: lo que nunca pasó por sus labios (1983, Boston,
South End), Cristina Peri Rossi, Evohe (1994, Washington DC, Azul Editions),
y la tejana Emma Pérez con su primera novela Gulf dreams (1996, Berkeley:
Third Woman Press), en la cual inscribe el deseo en una historia personal
y social, en imágenes, sonidos y percepciones, en la resistencia a la
violación, y en la esperanza de sobrevivir dentro de los sueños que se
tejen dentro de la propia escritura, dentro de la vida. Todas ellas, tienen
nombres que no deberían pasar desapercibidos.
El lenguaje en muchas de estas novelas es una quimera entre el inglés
y el español, ambos lenguas de conquistadores, que afirma el cuerpo lesbiano
de color contra la posibilidad de ser señalado por el padre blanco. Reescriben
la historia de la Malinche "madre de la raza ´bastarda´ ", "mestiza del
nuevo mundo", se exploran temas de identidad cuando nunca se ha tenido
una lengua materna (un lenguaje original), cuando nunca se ha vivido en
la armonía legítima de la heterosexualidad como cultura. El tema central
en las obras citadas anteriormente es la relación de estas mujeres de
color con la escritura, donde el deseo lesbiano es inventado y recreado
dentro de la propia palabra, de cada una de las palabras que se seducen
y se suceden en sus historias. En este sentido, Donna Haraway habla de
la contribución de estas escritoras a la heteroglosia Cyborg. En una narrativa
más realista, y con demasiados clichés para mi gusto, se encuentra la
novela de Terri de la Peña, Margins (1994, Seattle: Seal Press), articula
la diferencia sexual de "la lesbiana chicana" a través de estereotipos
normativos impregnados de ideología socialista.
El triángulo rosado es fácilmente uno de los símbolos más populares y
reconocidos de la comunidad gay. Tuvo su primer uso en tiempos de la II
Guerra Mundial y actualmente nos recuerda las tragedias de esa era. Si
bien los homosexuales fueron uno de los muchos grupos específicos perseguidos
por el régimen Nazi, es, desafortunadamente, el mismo grupo que la historia
siempre tiende a olvidar. El triángulo rosa desafía ese concepto y reta
a cualquiera a desmentirlo.
La historia del Triángulo rosa comienza antes de la Guerra, durante la
llegada de Adolfo Hitler al poder. El párrafo 175 de la Ley Alemana prohibía
las relaciones homosexuales masculinas y fue, incluso, modificado en 1935
por el mismo Hitler, para incluir la prohibición de besos, abrazos, fantasías
y actos sexuales entre hombres, porque se consideraba una ofensa criminal.
A los transgresores de la ley (se estima unos 25.000 entre 1937 y 1939)
se les enviaba a prisión y luego a campos de concentración, castigándolos
con la esterilización y, la mayoría de las veces, la castración. En 1942
se decretó la pena de muerte como castigo máximo a este comportamiento.
Cada prisionero, en los campos de concentración, vestía un uniforme con
un distintivo que designaba la razón de su encarcelamiento para distinguirlo
de los otros e incluso provocar cierto rechazo por parte de todos los
demás. A los criminales regulares se les distinguía por un triángulo invertido
de color verde y a los perseguidos políticos por uno de color rojo. A
los inmigrantes se les colocaba uno de color azul y a los gitanos de color
marrón. Los prisioneros judíos llevaban dos triángulos superpuestos, como
formando la estrella de David, pero de color amarillo. El color rosado
designaba a los homosexuales. Una estrella de David de color amarillo
con un triángulo rosado superpuesto denotaba a los prisioneros de peor
calaña: un gay judío.
Historias bien documentadas señalan que a los prisioneros homosexuales
les eran encomendados los peores y más duros trabajos. Así como eran objeto
de severos ataques por parte de guardias y otros prisioneros. Aunque no
se conoce una cifra exacta de prisioneros homosexuales se habla que podría
estar cercana a los 10.000 y el número de hombres gay muertos en las cámaras
de gas y campos de la muerte durante el régimen Nazi osciló entre 50.000
y 100.000. Aún después de finalizada la Guerra, miles de homosexuales
permanecieron prisioneros en los campos de concentración porque el artículo
175 permaneció vigente hasta 1969. En 1970 los grupos que luchaban por
la liberación gay resucitaron el uso del triángulo rosa y lo adoptaron
como símbolo de los Derechos de los homosexuales.
En 1980 la organización ACT-UP (AIDS Coalition To Unleash Power) comenzó
a utilizar el símbolo para su causa, aunque de forma invertida (con la
base en la parte inferior y apuntando hacia arriba) para demostrar que
su lucha era activa más que una forma de resignación pasiva. Hoy en día
el triángulo representa orgullo, solidaridad y el compromiso de nunca
más permitir que otro Holocausto vuelva a ocurrir. Históricamente el triángulo
rosado sólo designó a los homosexuales hombres porque el artículo 175
no incluía a las lesbianas en sus represalias, pero para ellas nació el
triángulo negro, que designaba a cualquier persona con un comportamiento
antisocial, así como a prostitutas y lesbianas. Por lo que el movimiento
de defensa de las lesbianas adoptó su uso como símbolo tradicional de
lucha, orgullo y solidaridad.
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