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Salud y medioambiente |
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Múltiples agentes desconocidos, generados por causas que también ignoramos, actúan en nuestra vida de forma constante. Cientos de miles de sustancias químicas que usamos diariamente en casa, en la calle o en el trabajo afectan a nuestro organismo y pueden derivar en patologías, como consecuencia de las alteraciones medioambientales. El seminario que clausuró el I Ciclo de Primavera de la Salud, que se celebró en Madrid recientemente, estuvo dedicado a la relación entre la salud y el medio ambiente. Dentro de los problemas medioambientales no sólo hay que tener en cuenta los contaminantes químicos, sino también los contaminantes microbiológicos diseminados en el interior de los edificios. Este tipo de contaminantes causaron en 1990 alrededor de 20.000 muertes en todo el mundo. El modo de abordar el problema es a través de la opinión pública, para tratar de conseguir que las nuevas generaciones tengan más información y aporten un punto de vista más práctico ante el problema. También es necesaria una mayor comunicación entre médicos, políticos y ciudadanos.
Para prevenir las enfermedades que generan los disruptores endocrinos hay que informar a la gente para que ésta mejore sus hábitos higiénicos. Según Carlos Soneschein, de la Universidad de Boston, "el problema de los disruptores endocrinos no es como el de fumar o no fumar, ya que la gente no tiene la oportunidad de negarse ni de elegir estar expuesta al problema o no." Uno de los principales problemas de los disruptores endocrinos es la aparición de cáncer. Sobre este tema habló el Dr. Erik Pluygers, de Bélgica, durante su intervención en el seminario. El Dr. Pluygers se refirió a la fase de iniciación en la que las células se modifican y se extienden. Esta fase se corresponde con la exposición a agentes genotóxicos, que son producto de las sustancias químicas que se encuentran en el entorno (tierra, agua y aire). Aunque se pueden conocer las dosis internas y externas (al cuerpo humano), su valor de predicción es nulo. No se conoce el efecto que causarán en las personas dentro de veinticinco años, ni cuál es el nivel mínimo de concentración suficiente para producir un efecto maligno. Los principales efectos de los disruptores endocrinos en los hombres, según el Dr. Soneschein, son la impotencia, la oligospermia (poca cantidad y baja calidad del esperma) y la ginecomastia (crecimiento de las mamas). En las mujeres, los principales efectos son el adelanto de la menstruación y una mayor proclividad a la aparición del cáncer de mama.
Para el profesor Ballester, lo ideal sería que la colectividad tomara conciencia de la necesidad de cuidar el medioambiente, y el primer paso es impedir la migración de estas aguas, para que no contaminen otras aguas, diversos productos y, a través de ellos, al hombre. Si no se consigue controlarlas habrá que tratarlas y neutralizar su acidez, para conseguir que no se sobrepasen los 3 miligramos de sulfato por litro, porque si llegan a 12 afectarán nuestra salud. En este punto, el profesor Ballester presentó un proyecto que están llevando a cabo en la UCM llamado bioabsorción, que consiste en la unión del metal a una superficie sólida con determinados tipos de biomasas.
Después hay que evaluar los riesgos de exposición a través del aire, el agua o las condiciones laborales, conocer qué cantidad de población está expuesta a estos riesgos. Por último hay que establecer una comparación de datos, y a partir de los resultados, permitir o no la utilización de las sustancias si se determina que no hay riesgos, limitar la cantidad, establecer elementos de protección o prohibir directamente dichas sustancias. Aunque éste es un problema antiguo, sólo desde hace cuatro años se ha conseguido una mayor colaboración internacional. Según Valcárcel, tanto la Organización para el Desarrollo y la Cooperación en Europa (OCDE) como el Parlamento Europeo, la Comisión Europea o la Organización Mundial de la Salud (OMS), son algunas de las instituciones que buscan estrategias para abordar el problema. La Comisión Europea se ha marcado un plazo de seis años para aplicar medidas a corto, medio y largo plazo, entre las que se encuentran la elaboración de una lista de sustancias para evaluar, favorecer el uso de instrumentos legislativos, limitar el uso de determinadas sustancias e identificar grupos de riesgo específicos. A medio y largo plazo se pretende identificar y valorar métodos de ensayo, invertir más dinero en programas de investigación e identificar productos sustitutivos.
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